Tres conclusiones sobre la participación y las consultas ciudadanas

Lanzamos este espacio de las perogrullas como un lugar en el que hablar en libertad y sin condiciones. Nuestra idea es debatir sobre temas varios, escribir sobre ellos y luego intentar, en la medida de las posibilidades, llegar a algún acuerdo o conclusión compartida.

Este primer ejercicio lo empezamos con mucha ilusión porque es un tema que nos apasiona: la participación ciudadana. Todo esto lo empezamos a dialogar al calor de las diferentes consultas ciudadanas que se han ido lanzando en varias ciudades españolas.

En nuestras reflexiones individuales planteábamos cosas como la importancia del tiempo para participar; la necesidad de estar debidamente informadas sobre las cuestiones sobre las que nos consultan; la exclusión de determinados colectivos en las consultas ciudadanas; o la propia concepción de la participación ciudadana.

Después de largo rato de discusión, estos son los principales aprendizajes que recogemos y que queremos compartir con quien nos lea.

  1. Necesitamos tiempo para participar

La rutina, la vorágine, el día a día, las prioridades personales y otro sinfín de cuestiones, impiden que tengamos tiempo para participar. Vemos que hay dos ideas principales detrás del tiempo para participar. La primera, tiene que ver con la prioridad que otorgamos a la participación dentro de todo lo que hacemos. La segunda, está más relacionada con la capacidad que tenemos de ser dueñas de nuestro propio tiempo y dedicarlo a cosas que nos satisfacen más allá de los mandatos propios del la economía o de los mandatos sociales.

Un debate sin duda interesante. Mientras que las personas hacemos referencia a no tener tiempo para participar, las organizaciones y las instituciones hacemos referencia al desinterés o a la desidia en la participación.

¿Existe algún punto de encuentro entre ambas posiciones aparentemente dicotómicas?

667Otra cuestión es que nuestros tiempos e incluso nuestras propias prioridades personales no sean tan “propias” como nos gustaría pensar. Vivimos en un mundo en el que necesitamos dinero para subsistir. Tenemos que trabajar, desplazarnos grandes distancias para cumplir con obligaciones, pagar hipotecas, hacer la compra, volver al trabajo… el poco tiempo que nos queda es realmente poco. Todo lo demás no es nuestro: nuestro tiempo le pertenece al capital.

¿Tenemos, entonces, capacidad de disponer de un tiempo que no es nuestro y que es escaso?

  1. La participación es un acto político, personal y colectivo

Nos preguntábamos por qué únicamente se considera participación cuando se hace en un ámbito “político” o cuando tiene que ver con instituciones públicas. Esto nos llevó a pensar que de forma consciente o inconsciente hemos intentado compartimentar la esfera personal de la pública, entendiendo que la política sólo se hace en la segunda.

Una verdad generalmente aceptada es que nuestras sociedades están cimentadas en el consumo. La economía juega un papel muy importante en prácticamente todas nuestras decisiones personales. También es generalmente aceptado que en hay una línea muy fina que divide la política de los intereses económicos.

Sirvan las dos frases anteriores como una somera explicación de las siguientes ideas:

  • La participación va más allá de las instituciones públicas. Kate Millet lo dijo de forma exquisita: lo personal es político. Nuestras acciones cotidianas, nuestras decisiones, por mundanas que parezcan, tienen un componente político de trasfondo. Las democracias representativas, sumado a entender de forma limitada el concepto de participación ciudadana, han hecho que perdamos la política de nuestra cotidianidad ciudadana. Saber que nuestras acciones también son acciones políticas (decidir qué marcas que comprar, invertir en según qué productos, utilizar transporte público, etc.), y actuar de forma consciente al respecto es una muestra de madurez democrática y ciudadana. Aún tenemos un largo camino que recorrer.
  • La madurez democrática también tiene que ver con la receptividad y la sensibilidad de las instituciones ante las demandas ciudadanas. Esto a su vez pasa por invertir en una cultura de participación a través de la educación ciudadana.

incoherencia

  1. La información, condición sine qua non

Además del tiempo y de las prioridades, cuando analizábamos las consultas ciudadanas nos dimos cuenta de que no contábamos con información suficiente para tomar decisiones que, aunque no fueran vinculantes, potencialmente tendrían un impacto en nuestras vidas.

Francis Bacon ya decía hace tiempo que la información es poder. La información nos da unas herramientas para hacer y decidir en base a criterios más o menos objetivos. Sobre todo, nos permite sopesar las alternativas con las que contamos en determinados escenarios. La información es, además, un Derecho internacionalmente reconocido.

En este sentido, creemos que para participar debemos no sólo contar con información, sino que ésta esté debidamente presentada. La información debe ser accesible para todas las personas a las que la decisión en cuestión afectará. Adicionalmente, debe proporcionarse en un tiempo suficiente para que pueda ser debidamente procesada. La información es una condición indispensable para la participación.

Aprender para participar           

A manera de gran conclusión, nos damos cuenta de que no hay una tradición muy grande de participar y existe un miedo a “significarse” públicamente en un sentido u otro. Además, tenemos cierto desconocimiento sobre la participación como algo que tiene consecuencias en algo más que en nuestras vidas: afecta a más personas. Esto se extrapola a nuestros representantes políticos que actúan en base a sus propios intereses, en lugar de hacerlo por el bien común.

Aún nos queda mucho por aprender hasta llegar a una madurez democrática suficiente para que las decisiones que tomamos, y las que se toman en nuestro nombre,  representen el interés general y no los intereses particulares de un grupo reducido.

Firma este resumen, Verónica Castañeda Blandón

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