Cerebro límbico y cambio climático

El otro día, leyendo un informe de Ecologistas en Acción caí en la cuenta de que esto no hay quien lo pare. En sus palabras, quizás un poco alarmistas, nos aproximamos a un “colapso civilizatorio”. En las mías, nos vamos al carajo (y perdón por la expresión).

Lo cierto es que en Madrid hemos vivido una primavera maravillosa (¡en octubre y casi todo noviembre!) donde no hubo apenas lluvias y donde, además, respirábamos químicos y tóxicos del aire. Pero íbamos en manga corta, así que nos quejamos (lo justo).

Mi origen hace que no parta muy desconectada de otra realidad. Muchos conocidos míos, cuyos medios de vida dependen enteramente de la tierra, la agricultura, atraviesan una crisis similar. Producto de las lluvias torrenciales en épocas en las que no tocaba, o de una sequía tremenda cuando tocaban aguaceros, sus cultivos no fueron exitosos.

La cuestión no era, en este último caso, la preocupación por cuáles iban a ser sus medios de vida. Sino, cómo iban a rentabilizar sus cosechas, y cómo conseguían que el gobierno del país aprobase una ley que les permitiera usar transgénicos y fertilizantes más potentes para hacer sus cultivos más resistentes. Este, sin embargo, no es el tema que nos ocupa.

Este colapso civilizatorio tiene que ver con un consumo y demanda de productos, y de materiales para producirlos… También con nuestra sociedad, con el modelo de consumo, con los cimientos de nuestras creencias, etc., etc.

Por si acaso, reecomiendo mucho la lectura de este informe, es muy interesante e ilustrativo.

Ponernos en marcha

Salto radicalmente del tema anterior a este otro. Hablamos todos los días de que hay que hacer algo. Tenemos que hablar con otros, ponernos en marcha, y otro largo etcétera. Pero cuando llega la hora de cerrar el ordenador e irnos a casa, todas damos las gracias. Incluso darnos un paseo o comprarnos alguna cosilla… tomarnos una caña o un café (ojo, no nos preguntamos si son o no de comercio justo o si quien nos lo ha despachado cobra un sueldo digno).

Todo esto, muchas veces nos suena a una historia mil veces repetida y mundialmente aceptada, pero no sabemos muy bien qué hacer con ella. Estamos inconformes, nos manifestamos, compartimos cosas en redes sociales, protestamos…  y seguimos siendo las mismas personas de siempre.

No se trata sólo de activarnos, de estar convencidas. Se trata de que quienes están a nuestro alrededor también lo estén. Y no es fácil que lo estén.

Primero, porque hablamos en críptico (y sendas reflexiones hemos compartido al respecto en este espacio). Segundo, porque no es fácil y porque, finalmente, lo que sustenta nuestras creencias y nuestras acciones está mucho más profundo que lo que puede aceptar una campaña de sensibilización.

Y así volvemos al tema central: el cambio climático. Todas sabemos y aceptamos que el cambio climático está ocurriendo. Pero, “a mi mejor que no me diga nadie que no puedo ir a la Gran Vía en coche que me enciendo“.

Tocar la fibra (y no es la del ADSL)

Hace un tiempo, una charla TED de Simon Sinek nos explicaba cómo el cerebro humano está estructurado en 3 componentes: el neocortex, la capa exterior, es responsable de todos nuestros pensamientos analíticos y racionales, además del lenguaje; las dos capas centrales son las que forman nuestro cerebro límbico, que está a cargo de nuestros sentimientos, las decisiones, y no tiene capacidad de comunicarse.

Básicamente, nos explicaba cómo desde la comunicación somos capaces de tocar diferentes partes del cerebro en función de cómo comunicamos. Cuando comunicamos desde el “para qué” hacemos las cosas, somos capaces de afectar a las zonas del cerebro límbico que controlan nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Es decir, comunicamos hacia la parte emotiva. Cuando comunicamos desde el qué hacemos, en cambio, afectamos una zona del cerebro enteramente racional que, siendo capaz de justificar racionalmente la toma de decisiones del ser humano, no es capaz de tomar esas decisiones.

En este sentido, uno de los aprendizajes y reflexiones que podemos extraer de este hecho científico es que hemos de comunicar desde las emociones para afectar las emociones. Las emociones, que no tienen capacidad de comunicarse, son las que instintivamente toman decisiones que influyen sobre nuestro comportamiento. Decisiones que posteriormente son justificadas de forma racional por nuestro neocortex.

Llegar a las emociones desde el cambio climático no es suficiente

Hay muchos datos, cifras, estadísticas, incluso evidencia que estamos experimentando en nuestras propias carnes que demuestran que el cambio climático existe. No obstante, los esfuerzos personales por frenarlo o las responsabilidades que exigimos a nuestros gobernantes son mínimos.

Quizás es porque no sabemos qué tenemos que hacer. O tal vez porque intuimos que parte de lo que tenemos que hacer supondría renunciar a ciertos privilegios, para que otros puedan tener derechos.

A lo mejor simplemente estamos intentando justificar de forma racional por qué no hacemos algo que no nos ha afectado “la fibra”. Otra posibilidad es que nuestra decisión ya esté tomada, y el resto sean sólo excusas.

Convencer a alguien es imposible…  cuando una decisión ya está tomada. Menos aún si se hace de forma coercitiva.

Muchos libros de inteligencia emocional hablan de que la persuasión en realidad no consiste en un cambio profundo de actitudes ante un tema… sino de una aceptación de los puntos de vista, superficial, de nuestros interlocutores.

Las actitudes son como la parte invisible de un iceberg, se esconden en creencias, formación, y la base de nuestra forma de ser. Cuando establecemos un diálogo,  generalmente,  no pretendemos cambiar los rasgos subyacentes,  sino influir sobre las actitudes visibles.  Así, pues, podríamos asumir que no vamos a conseguir convencer a nadie. Mejor dicho, no vamos a cambiar las actitudes de nadie sin tocar todo lo subyacente.

En este sentido, una vinculación con las emociones -que son parte de esa base del iceberg- es imposible. Más aún,  sin educación transformadora (desde la base) no será  posible un cambio.

A lo mejor llegamos tarde, pero es la única oportunidad que tenemos.

Volviendo al punto de partida, el cambio climático es como una locomotora imparable que se acerca peligrosamente a un punto de colisión y destrucción.  Un cambio se puede conseguir siempre y cuando parta de la base y no sólo de los datos; de las emociones, y no sólo desde lo racional; y desde la sencillez, y no sólo desde la simplicidad.

Los informes y los datos científicos están muy bien para demostrar causas y consecuencias. Pero nuestro cometido tiene que estar más enfocado en educar desde las emociones y tocar ese cerebro límbico. Bajar a lo que subyace a nuestras creencias y, solo desde ahí y después de mucho trabajo, cambiar actitudes.

 

 

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