Cambiemos el final para no morir en el intento

Son tiempos excepcionales en muchos sentidos. Desde hace 14 días, España se encuentra en estado de alarma. Pero desde hace más tiempo, el mundo observaba con preocupación cómo evolucionaba lo que acabó convirtiéndose en la primera pandemia global de nuestro siglo, el coronavirus (COVID-19).

Empezó en China y viajó de este a oeste. Poco a poco fue infectando a los países europeos y de ahí, más o menos, dio el salto al resto del mundo hasta que el 11 de marzo finalmente se le clasificó oficialmente como una pandemia. No voy a entrar a los debates de qué enfermedades matan más, o cuántas personas mueren por causas evitables principalmente vinculadas con la pobreza y las desigualdades. 

Todas y todos conocemos que hay otras pandemias silenciadas, y otras enfermedades olvidadas. El tema es que el COVID-19 pilló prácticamente a todas las personas desprevenidas. ¿Cierto? Creo que no.

La crisis de 2008 estalló por un una mala gestión económica mundial. En parte, debido a una crisis de confianza en el sistema financiero y una falta de rigor en la concesión de créditos e hipotecas. Por otra, también por un sistema económico mal diseñado y basado estrictamente en la economía especulativa y no en la economía real.

La política monetaria expansionista abrió demasiado el abanico creando productos financieros sintéticos, principalmente títulos basados en hipotecas de alto riesgo o de baja calidad. Estos se sustentaban en una base económica muy frágil, a la vez que fomentaban en sí mismos la especulación. Así se generó una burbuja de proporciones bíblicas que estalló llevándose consigo a varias entidades financieras y la estabilidad económica mundial.

Esta crisis sistémica trajo consigo la destrucción del sustrato social que alimentaba los sistemas de bienestar en muchas partes del mundo. También debilitó a las endebles economías emergentes y a los países menos avanzados. En España esto ha sido hasta tal punto así, que a día de hoy no se ha conseguido volver a una situación de pre-crisis en el disfrute de los derechos económicos y sociales a pesar de que en 2014 se anunció con bombo y platillo el final de la crisis.

Cambio de ciclo económico

La economía es pendular y, en 2014 se hablaba de un cambio de ciclo económico y de una recuperación. El mundo entró en un periodo de crecimiento y expansión. Pero esta recuperación no conllevó la recuperación del sustento social que protegió, en gran medida, a muchos países de una crisis aún más severa. 

Las recomendaciones de la Troika y de las instituciones financieras siguieron recetas ya probadas en otros contextos –planes de ajuste estructural– que desmantelaron las formas en la que los Estados mitigan las desigualdades. En este sentido, podría afirmar que la recuperación dejó atrás a muchas personas y se llevó por delante a otras tantas. 

Pero como la economía lo es todo, nos congratulábamos al ver que nuevamente las ruedas del ferrocarril echaban a andar. Los datos de crecimiento eran positivos para el país, las exportaciones y la internacionalización de la empresa funcionaba (aunque nadie hablaba de la reducción de consumo interno ode los efectos de esta economía predatoria sobre el medio ambiente o sobre las personas). 

En 2019, hubo alguna persona que ya advertía de que esto no iba a durar para siempre y que nos acercábamos a un nuevo cambio de ciclo económico y una desaceleración en el crecimiento. También se hicieron recomendaciones sobre la necesidad de fortalecer los mecanismos de protección social ante la llegada de una nueva crisis. Debido a las facilidades fiscales y política monetaria expansionista de la administración Trump, la bolsa en Estados Unidos cotizaba por encima de lo que lo hacía en el período previo al crack del 29, se notaban ya nuevas grietas en el sistema económico mundial (agravadas por políticas proteccionistas y guerras comerciales). Como no podía ser de otra forma, en este país la burbuja inmobiliaria y la crisis de los alquileres nuevamente empezaban a aflorar en el peor momento posible.

Y estalló la pandemia

La declaración de un estado de alarma, el colapso del sistema sanitario, y la historia más reciente que ya conocemos. Las caras del personal sanitario sobrepasado en capacidades materiales y humanas. Ruedas de prensa diarias donde vemos atemorizados los datos de la pandemia. Y, nuevamente, otras crisis silenciadas por los medios porque además de vidas humanas, estamos perdiendo un poco de humanidad.

Al margen de que esté más o menos de acuerdo con el modelo económico, la que viene es bastante importante. La principal diferencia entre la crisis de 2008 y la crisis a la que estamos abocados es que, en lugar de perder actividad por una crisis de confianza en el sistema, se para completamente la actividad económica. Los negocios, al perder su actividad, se ven obligados a cerrar. No hay una crisis de crédito o de financiación, sino por la falta de actividad que, a su vez, se convierte en una crisis liquidez y de endeudamiento. Esto será peor sobre todo en las pequeñas y medianas empresas.

Homo homini lupus

En su obra Asinaria, Plauto describió con esas palabras que el hombre es un lobo para el hombre. Frase que, posteriormente, fue utilizada Thomas Hobbes para definir una teoría política y económica tradicionalmente vinculada con el liberalismo económico y el absolutismo político. Describe cómo las personas son capaces de hacer auténticas barbaridades contra sus iguales. 

Lo vemos en relaciones históricas basadas en la depredación de unos por otros. En el racismo y la idea de la supremacía. En la misoginia y el machismo. En la explotación capitalista de una clase sobre las demás. En la destrucción sin límites de los recursos naturales y de la fauna silvestre hasta exterminarla o hacerla extinguirse.

Pero en lo que corresponde al tema del que hablamos, lo vemos ahora también en un oportunismo desmesurado de las empresas que pescan en río revuelto. El 27 de marzo conocíamos que, desde la declaración del estado de alarma, se han presentado 200.000 expedientes de regulación temporal del empleo (ERTE). Estos afectan a cerca de 1,5 millones de personas.

Empresas con beneficios multimillonarios que tienen el desparpajo de solicitar ayudas al Estado –porque al final, eso es un ERTE– por las circunstancias actuales. Su argumento, el nivel de actividad ha descendido tanto que sobra gente. Y eso que no son ellas, sino las PYME las que más empleo generan para el país (el doble que las grandes empresas). La sensación de estar presenciando un nuevo juego de ajedrez, donde los peones son los primeros en caer, es inevitable.

Es el momento perfecto para cumplir con la misión de toda empresa guiada por el principio del liberalismo absoluto: acabar con la competencia. Practicar el canibalismo empresarial, sin pensar en las consecuencias económicas y humanas para quienes se quedan sin alternativas. Todo ello, sin considerar el debate de fondo sobre el modelo económico que sigue estando presente y de forma inequívoca en lo subyacente.

El problema no es lo que pase ahora, sino lo que pase mañana.

Responsabilidad compartida

Las respuestas que se están dando a una emergencia sanitaria pueden ser más o menos acertadas, pero se están dando. Hay países que a día de hoy ni siquiera son conscientes del impacto que el COVID-19 va a tener sobre sus economías y lo que es peor sobre las vidas de la población. En España, el Estado se está utilizando para socializar las pérdidas, como ya se hizo una vez en la crisis de 2008. Solo que, en esta ocasión, no se está rescatando bancos. Se está intentando rescatar a las personas, con mayor o menor éxito.

Y ahí es donde surge parte del problema. Echar a las espaldas del Estado la ambición desmedida de las empresas es un acto de irresponsabilidad y de insolidaridad. Una evidencia más de que este modelo está jodidamente podrido y de que la ambición del mercado (y de sus principales benefactores) no tiene límites.

Los recursos del Estado son limitados. En parte por su poca capacidad recaudatoria y los beneplácitos que se han concedido a las grandes empresas que ahora lo están parasitando. También en parte por un modelo económico donde la competencia es la única vara de medición que nos obliga a rebajar derechos, destruir los mecanismos de protección social, rebajar el bienestar de las personas, y destruir el medio ambiente. Todo para hacer más atractivas las inversiones de las grandes empresas.

Si no remamos juntos, nos hundimos todos. Hay momentos en los que incluso el más frío cruel y despiadado tiene que hacer un ejercicio de responsabilidad y arrimar el hombro. En 2008, se socializaron las pérdidas de la banca y de las instituciones financieras con rescates que fueron en detrimento de las personas y de las reservas del Estado. Toca ahora privatizar las pérdidas por el otro lado, las pérdidas de la sociedad. Las grandes empresas tienen que garantizar los medios de vida de las personas que los tienen amenazados.

Las reformas laborales se aseguraron ya de que existiera suficiente flexibilidad para precarizar. Los empleos más frágiles son los primeros en destruirse. Economías familiares ya precarias lo serán aún más. Y todo ello tendrá nuevamente rostro de mujer.

¿Qué va a pasar cuando todo esto pase? No podemos volver a poner la maquinaria en funcionamiento sin reflexionar sobre el modelo productivo que tenemos. Cuando todo esto pase, será necesario ver el impacto positivo que este parón ha tenido en el planeta con la bajada de emisiones. Sin olvidar de lo positivo de una parada obligatoria para disfrutar de una vida que antes era una rueda del hámster de la que nos bajábamos sólo al morir.

Será un momento de evaluar la solidaridad y cómo sus mecanismos valedores no han funcionado por la deshumanización de la que sufren. Por ejemplo, con el hecho de frenar el mecanismo  que podría ser la salvación económica de algunos países, los coronabonos. Cosa que ya se descartó en su momento para Grecia y que habría, seguramente, aliviado gran parte de la carga económica y social que los ajustes estructurales supusieron para ese país.

Más allá de eso, habrá que ver después de esto cómo queda nuevamente el reparto de las tareas de cuidados. ¿En quién recaerán, vista su fragilidad y su desigualdad implícita? ¿Y qué pasará nuevamente con nuestra huella ecológica? Cuando superemos la pandemia, ¿volveremos a ser los mismos?

La excepcionalidad de los tiempos debería hacernos reflexionar sobre todo lo anterior. La responsabilidad de que salgamos todas las personas de la crisis tendrá que pesar más que los postulados económicos, políticos y sociales que hasta ahora nos rigen. Debieran de servir también para que nos reformemos por dentro como seres humanos.

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